Ayer se acabó oficialmente el verano, cerraron mi piscina.
Hay que asumirlo, hoy comienza la rutina otoñal, que digo otoñal, hoy comienza la rutina. A partir de hoy toca chupar parque con los peques, viendo como los días menguan y se dan de si, sin que estén previstas demasiadas novedades hasta el verano que viene.
Sin embargo, ayer nos dejó uno de esos momentos mágicos por los que merece la pena estar sujetos al devenir de las cosas. Ayer fue el último día de piscina.
Silenciosamente, todo se fue conjurando a favor desde primera hora. Bendito cielo azul de Madrid con su sol de septiembre y sus nubes rotas, sus niños nerviosos que madrugan arrastrados un poco por la inercia del recién estrenado curso escolar y, otro poco, por la misterioso fuerza del último día.
Luego, es difícil de explicar, aunque uno lo haya vivido y el recuerdo esté aún cercano. Las mismas fuerzas misteriosas nos maquillan a todos y nos permiten presentarnos ante los demás con nuestra mejor cara, ansiosos de encontrarnos, deseosos de reconocer en los demás nuestro propio estado de ánimo. Y es que hoy es el último día, no lo podemos dejar escapar.
En este escenario se va tejiendo un ambiente de euforia, primero son los niños, nada acostumbrados a guardar fuerzas para mañana, los que se lanzan a vivir el día como si fueran a cerrar el mundo en lugar de la piscina. Esto no es nuevo, sin embargo, lo que sí es nuevo es que nosotros, sus padres, se lo permitamos. En realidad, es más que eso, no solo se lo permitimos, casi se lo agradecemos.
Ellos, muy capaces en la labor de encontrar cualquier fisura que permita su expansión, se erigen en embajadores tangibles del espíritu del último día y nos proporcionan la excusa perfecta para, por un día (#elultimodia), hacer cada cual lo que le venga en gana,
Tras el golpe de gracia al miedo, ese incomodo compañero de viaje de nuestro día a día, la euforia se desata y al grito de ¡todos al agua! niños y adultos se lanzan en una espiral de juegos inventados para la ocasión en los que todo es posible. Olvidados flotares salvavidas cobran protagonismo como improvisadas canastas, socorristas que se convierten en jueces de la contienda y padres que, por vez primera (y última) en el año, comparten piscina, aficiones y emociones con sus enanos.
El agua de la piscina se sacude como un lago de pirañas hambrientas. La gente se mueve frenética, se suceden las aguadillas. Los decibelios emitidos por niños y mayores suben mucho más allá de lo permitido. Desde fuera, se diría que la situación es insostenible, todo es caos y ruido. Desde fuera, se diría que ya nadie respeta a nadie. Pero, desde dentro, la verdad es que todos hacen lo que quieren y, por eso, están dispuestos a respetar más que nunca al otro.
Yo mientras, desde la grada, asisto maravillado al espectáculo y comienzo a escribir mentalmente estas líneas para compartirlas mañana, el día después del último día, con la secreta intención de poder evocar a mi antojo ese estado de cosas un día. Cualquier día.
